
Cuando le miraba, su ojos se fijaban en los mios. Cuando me acercaba a él, sus piernas también se movían por un impulso propio. Cuando tocaba su piel, se volvía suave y caliente. Cuando yo besaba su cuello, su boca se acercaba a mi oreja y me susurraba en ella unos "te quiero" más bonitos que alguien pueda imaginar. Y cuando sus labios se juntaban con los míos en un beso dulce y cálido, cerraba suavemente los ojos y me sumergía en su sabrosa boca.
Cuando él se fue de este mundo, mis lágrimas y mis lamentos se envolvieron en un gran sufrimiento y no se desenvolvieron jamás.